?

Log in

sombrilla, sakuras

No quiero ser la mujer garabato

A veces, me olvido que soy un ente corpóreo. Es la cosa que tenemos los introvertidos, socavar cuales topos en nuestras mentes hasta que encontramos un lugar cómodo. Y nos quedamos ahí, percibiendo el mundo externo, cada vez en menor medida. Hoy me hundí y creo que me fui a un país de las maravillas de mi propia conciencia. Antes, cuando la luz no llegaba, sentía que mis pies no tocaban el suelo, que caminaba a unos diez centímetros del pavimento. En esos días, para sentir que no iba a salir volando a perderme en la atmósfera, me acostaba en el pasto y sentía la vida debajo mío. Después, cuando aprendí a salir un poquito de los confines de mi cueva (para llamarlo de alguna manera, oh metáforas reemplazadoras de términos que no me atrevo a enunciar) apoyé los pies en la tierra, pero no del todo. Aún hoy me cuesta no salir flotando y perderme en el horizonte. Suena romántico, pero como todo lo romántico, no es tan bueno ni tan sano. La diferencia entre hoy y ayer es que no pongo mi peso en anclas externos. Hoy intento amigarme con mi peso (oh no tan metáfora) y con la gravedad.
Hoy vi una señora que parecía un garabato. En los años que llevo frecuentando la parada del colectivo, siempre la vi ahí. Hoy, mientras leía en la escasa luz que provee el kiosco contiguo, la señora garabato se acercó y compró un café. Revoleaba los ojos entre libro y señora garabato, y al ver que pagaba su café, me sorprendió el simple hecho de que se comprara uno, algo tan cotidiano pero que la señora garabato hasta ahora no había hecho en mi presencia. Quizás hacía demasiado frío. Quizás me olvido de mis privilegios. El punto es que la señora garabato compró su café y se disponía a tomárselo, cuando de repente perdió el equilibrio y giró hacia mí. Ya podía ver en mi mente de exagerada el libro cubierto de café, la señora garabateando emociones, yo totalmente apenada con un monstruoso debate interno sobre comprarle o no otro café, a pesar de que me había manchado el libro prestado. Pero nada de eso sucedió. La señora garabateó equilibrio nuevamente y me sonrió. La señora tiene unos hermosos ojos verdes, y me sonrió con cara pícara, y me vi en su sonrisa, me vi en su torpeza, me vi en su humanidad. No la vi más como un garabato. La señora de los ojos vivos se fue tomando su café. En la fría parada del colectivo que nunca viene, miraba las páginas levemente iluminadas pero no leía palabras, sólo pensaba en los garabatos que me componen y cómo puedo hacer para pintarlos.

Comments